El servicio de urgencias de la Clínica Cardio VID estaba lleno. Era una noche de agosto de 2025. Todas las camillas estaban ocupadas. El personal médico caminaba de un lado para otro. En medio del movimiento estaba Julián Usquiano, auxiliar de enfermería. “Era un turno muy exigente”, recuerda.
En una de esas vueltas rápidas, algo lo hizo frenar. Vio un rostro conocido. No estaba seguro. Regresó para confirmar.
—Es mi profe Lucy —pensó.
Lucía Rengifo, docente de Ciencias Sociales del Colegio VID, había llegado horas antes remitida desde el colegio. Mientras daba clase, un dolor fuerte en el pecho la obligó a detenerse. Sus estudiantes, asustados, corrieron por ayuda. Ella insistía en que “era un viento”, pero el dolor no cedía.
Terminó en urgencias.
Julián se acercó con profesionalismo: tapabocas puesto y serenidad entrenada. Lucía no lo reconoció de inmediato. Su estudiante ya no era un niño. Tenía barba y, casi, la doblaba en estatura.
—¿Profe, no se acuerda de mí? —preguntó él, con una mezcla de emoción y prudencia.
—¿Julián Usquiano? —respondió, con apellido y todo.
Para ellos, el tiempo se detuvo.
Él, que años atrás había ocupado un pupitre en su salón de primaria, estaba ahora preparándose para canalizarla. Ella, que le enseñó a escribir “Estado” con mayúscula cuando se habla de un país, estaba sentada frente a él, paciente.
Lee más: La historia de Erney: un corazón reparado a tiempo y el conmovedor abrazo con su perro
“Yo estaba nervioso”, recuerda Julián. “No es lo mismo canalizar a cualquier paciente que a tu profe”.
Lucy, en cambio, dice que algo cambió en ese instante: “Yo creo que ahí me alivié”.
Fue la certeza.
La confirmación de que su siembra había dado frutos. Ese niño inquieto, curioso, solidario —como ella lo recuerda— había encontrado su propósito en el servicio. Su insistencia en hacer las cosas con amor, habían trascendido.
Esa noche, Julián la atendió como a cualquier paciente: con protocolo, con técnica, con cuidado. Pero también con algo más: gratitud.
Este 26 de febrero, la historia tuvo otro capítulo.
Lucía regresó a la Clínica, ya no como paciente, sino como visita. Llegó a las 7:00 de la mañana, justo cuando Julián salía de su turno nocturno. Se sentaron con el Departamento de Comunicaciones a tomar café.
Para Lucía, el encuentro con Julián es la respuesta que todo maestro espera: comprobar que su trabajo no se quedó en los cuadernos.
“Ese granito de arena sirvió para algo muy grande”, dice.
Ella se jubiló este 27 de febrero después de 20 años de servicio en el Colegio. Él comienza a construir su camino en la salud.
—Julián, estoy muy orgullosa de tu camino y de lo que estás logrando.
—La quiero mucho profe, gracias por todo.