La historia de amor que florece cada viernes en la Clínica Cardio VID
El amor de Carlos Augusto Vásquez por su esposa Elizabeth Torres es tan grande que de él nacieron flores. Por más de 30 años ha mantenido vivo un jardín de rosas, astromelias, anturios, margaritas y girasoles.
Cada viernes, sin falta, Carlos viaja desde el corregimiento de San Cristóbal para llevar alegría y color a los pacientes y colaboradores de la Clínica Cardio VID. Esta es su historia.
Corría 1998 y la señora Elizabeth estaba hospitalizada en el pabellón Juan XXIII de la Clínica, se recuperaba de una cirugía. Carlos la visitaba todas las tardes y le llevaba las rosas que crecían en su jardín.
“Cuando eso, nuestro niño tenía dos años. Nosotros siempre hemos cultivado las flores porque hemos sido campesinos de toda la vida, de San Cristóbal. Ella y yo sembrábamos juntos”, recuerda.
A Carlos, que habla despacio, no se le olvida que en su tierra —la parcela Galilea— crecían rosas por montones y que la dueña siempre fue Elizabeth.
“Yo le traje un ramo de rosas y se lo coloqué en un nocherito que había en la habitación donde ella se estaba recuperando. Puse las rosas en un florerito con agua fresca. Ese día conversamos toda la tarde y en la nochecita me devolví a seguir cuidando al niño”, dice.
Un médico, que hacía ronda, notó el gesto de amor.
—¿Quién le trajo esas flores tan bonitas?
—Mi esposo las trajo, nosotros las cultivamos en la casa.
El doctor se conmovió y encargó un arreglo para regalarle a su pareja. A partir de ahí, el jardín de Elizabeth y Carlos ganaron reconocimiento en la Clínica Cardio VID.
“La bola se regó y ya muchos querían flores. Ya iba trayendo cinco ramos, después 10, después 15 y así se fue fomentando la venta de las flores”, señala y afirma que el éxito en ventas fue tan grande que desde entonces, todos los viernes, sale de su finca para vender sus flores, suculentas y hortalizas a los médicos, pacientes, colaboradores, familiares y visitantes de la Clínica.
Elizabeth fue paciente de la Clínica Cardio VID desde que tenía 15 años, en la institución le hicieron varias cirugías. El 12 de noviembre del 2000 se descompensó y tuvieron que llevarla de urgencias. Tuvo un paro cardiorrespiratorio. Murió.
Carlos no la olvida. Le gusta mostrar fotos de la noche de bodas y cuenta de memoria todos los recuerdos que cosechó junto a ella. Dice que su jardín crece porque el amor de ellos todavía es abono para sus matas.
En la Clínica Cardio VID todos lo conocen y se detienen a saludarlo, abrazarlo y conversar con él. Sus flores y su presencia en la institución, dice, es un homenaje para Elizabeth.
“Lo que hago, me edifica, me forma, me construye. Y me siento un hombre realizado y feliz de lo que hago. Y cuando uno cultiva las flores y puede venderlas y entender que otras personas valoran el trabajo de uno y que le agrada lo que uno hace y que el producto que yo traigo es fresco, yo siento una gran satisfacción”, afirma mientras se le escapa una sonrisa tímida.
—¿Cuál es la clave para tener unas matas tan bonitas?