En Colombia, hace poco más de tres décadas, un diagnóstico de cardiopatía congénita en un niño era casi una sentencia sin opciones. No existían servicios especializados, ni tecnología, ni equipos entrenados para atender estas enfermedades del corazón desde la infancia.
Hoy, gracias al trabajo de profesionales visionarios, miles de niños nacen, son diagnosticados a tiempo y pueden vivir una vida plena. Una de esas pioneras es la doctora Marina Flórez, fundadora del servicio de Cardiología Pediátrica de la Clínica Cardio VID.
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En el marco del Día Internacional de las Cardiopatías Congénitas, la especialista recuerda los inicios de un camino que transformó la atención cardiovascular pediátrica en Medellín, Antioquia y el país.
Aunque inicialmente soñaba con estudiar arquitectura, la medicina cambió su rumbo. Durante su formación en la Universidad de Antioquia, en el Hospital San Vicente, una rotación por pediatría despertó una vocación que no había imaginado.
“Allí me di cuenta de que los niños con cardiopatías congénitas no tenían absolutamente nada. Había que esperar a que se murieran. No había tratamientos, no había alternativas”, recuerda.
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Esa realidad marcó su decisión de dedicarse a la cardiología pediátrica, una especialidad que prácticamente no existía en el país.
Tras terminar pediatría, recibió una llamada que cambiaría su historia profesional. La entonces Clínica Cardiovascular —hoy Clínica Cardio VID— buscaba formar un equipo para desarrollar la atención de cardiopatías congénitas. Con el apoyo institucional, la doctora Flórez viajó a México.
Se especializó en el Instituto Nacional de Cardiología, en Ciudad de México, donde permaneció dos años. Allí encontró un modelo integral, con cuidado intensivo pediátrico, diagnóstico avanzado y subespecialidades articuladas.
“Yo pensaba que en Colombia teníamos que lograr, al menos, la mitad de lo que existía allá. En ese momento no teníamos ni cuidado intensivo pediátrico”, explica.
A su regreso a Medellín, el reto fue enorme. El servicio comenzó en condiciones precarias, incluso en espacios compartidos con pacientes adultos. No existían equipos básicos como la ecocardiografía pediátrica y los niños llegaban con patologías muy avanzadas.
“El trabajo era estudiar y estudiar. Nos quedábamos de cinco a siete de la noche analizando casos, viendo qué se podía hacer. Era muy difícil convencer a las familias de intervenir a los niños”, relata.
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Con el apoyo de cirujanos, anestesiólogos, enfermeras y aliados externos, el servicio empezó a consolidarse. Poco a poco, se lograron las primeras cirugías, inicialmente en casos simples y luego en los más complejos.
Hoy, la realidad es completamente distinta. El diagnóstico temprano, incluso desde la etapa prenatal, los procedimientos mínimamente invasivos y el seguimiento a largo plazo hacen parte de la atención integral.
“El cambio ha sido del 100 %. Hoy muchos niños no necesitan cirugía abierta, se evitan riesgos y los resultados son excelentes. Son niños que se operan en los primeros días de vida y pueden vivir normalmente”, afirma.
Además, destaca el impacto a nivel nacional: cada vez más pediatras y cardiólogos se han formado en esta área, ampliando el acceso a la atención especializada.
Aunque es reconocida como pionera, la doctora Flórez insiste en que el logro fue colectivo. Recuerda un equipo unido, que celebraba los éxitos y enfrentaba las pérdidas como una familia.
“No lo veo como algo individual. Fue el apoyo de mucha gente. Éramos un grupo muy unido, muy entregado. Eso fue lo más bonito”, señala.
Para la especialista, trabajar con niños ha sido una lección permanente.
“Un niño con un problema de corazón al que se le puede ofrecer tratamiento es vida. Yo vi niños que no podían jugar ni estudiar. Hoy verlos correr, crecer y disfrutar la vida es una satisfacción inmensa”, dice.
Si tuviera que resumir su legado en una palabra, no duda: pasión.
“Respeto, amor y pasión por lo que uno hace. Eso es lo que realmente transforma la salud”, concluye.


